Miguel era un estudiante de medicina, no el mejor, pero tampoco el peor. Estaba en el pequeño cuarto alquilado al cual se mudó hace un mes, leyendo un gordo libro de histología. Mientras, a ocho cuadras al norte, un banco era asaltado por seis ladrones bien armados, los cuales fueron abatidos de sorpresa por la policía, gracias al sacrificio involuntario de una joven cajera que dio la alarma antes de ser descubierta y ejecutada.
Dentro del grupo de ladrones se encontraba Luis Casas, quién
eludió a la policía huyendo por una ventana rota mientras sus compañeros
trataban de contrarrestar el violento (sangriento) embiste de la policía local,
una de las más corruptas y brutales del país.
Luis Casas logró subir a los tejados de los edificios aledaños
y emprender su rápida huida. A su vez, Miguel, el estudiante de medicina,
decidió tomar un descanso de sus lecturas para fumar un cigarro fuera del
cuarto que rentaba a la familia Pérez, una pequeña habitación construida de
forma amateur en la azotea de la casa.
Luis, el ladrón prófugo, llegó precisamente al techo de la
familia Pérez como parte de su recorrido hacia la libertad temporal. Vio al
joven Miguel fumando y a la vez bloqueando su camino. Se acercó a él
sigilosamente y lo encañonó en la nuca. Miguel levantó las manos y dio una
última pitada inconsciente a su cigarro antes de que este caiga al piso y se
vea obligado a botar el humo rápidamente para responder a su agresor.
“¡Dije que te voltees imbécil!” dijo Carlos furibundo,
consciente de que las sirenas policiales cantaban cerca y sería imprudente
seguir su camino. Miguel logró responder “Tranquilo”. Carlos lo obligó a entrar al cuarto. Ambos
ingresaron en silencio. Carlos hizo que el estudiante se siente en la pequeña
silla al lado de su escritorio, mientras él se pegó a la ventana que da a la
calle y se puso a escuchar atento las sirenas policiales.
“¡Cállate y quédate quieto!”, dijo el nervioso delincuente
mientras apuntaba al rostro de Miguel. El estudiante temblaba de miedo, sus
axilas estaban empapadas de sudor, con la voz temblorosa pudo balbucear “¿Qué
quieres?... no tengo nada”. Carlos, aún más nervioso, lo mandó a callar con un
fuerte bofetón.
Pasaron una hora en la misma situación, Carlos yendo de un
lado a otro de la habitación hecho un manojo de nervios y Miguel sollozando
mientras luchaba por calmarse y comprender la situación. El cielo se tornó rojo
y la calma poco a poco reconquistaba a Carlos a paso de tortuga.
“Creo que se fueron”, dijo el asaltante como conversando
consigo mismo. “¿Quiénes?” preguntó Miguel asustado. “Los policías me siguen,
si me encuentran no habrá juicio ni nada, me llevarán a un descampado y puff”.
“¿Por qué lo harían?”, “Porque vi lo que le hicieron a mis amigos, ni siquiera
les importó que se hayan rendido, los ejecutaron a todos como… perros”. Luego
surgió un largo silencio.
“¿Me matarás?”, preguntó nervioso Miguel. “No por ahora”
respondió Carlos con bastante frialdad. Miguel comenzó a ver a su alrededor buscando
una forma de pedir ayuda o zafarse. Carlos, ya calmado, comenzó a hacer lo
mismo.
De pronto sonó la puerta. Carlos alzó su arma nervioso,
Miguel comenzó a sudar frio y el temblor de su cuerpo regresó con fuerza. Tocaron de nuevo. “¿Señor Ortega?” Se oyó la
voz de un hombre mayor. “Es el dueño” dijo Miguel muy nervioso, Carlos lo alzó
de la solapa de su recién planchada camisa y le puso el arma en la boca. “Vas a
botarlo… intenta hacer algo y ambos se mueren… ¿entiendes?”, Miguel asintió a
duras penas con la cabeza.
Miguel abrió la puerta hasta mostrar solo la mitad de su
rostro, la otra mitad ocultaba el cañón del arma presionando fuertemente su
sien. “La policía vino hace un rato, quieren saber si vimos algo sospechoso
porque robaron el Banco Americano”, “No don César, no he visto nada raro” respondió
Miguel con la voz quebrada. “Bueno, igual le advierto, hay que tener cuidado
porque uno de los ladrones se escapó por los techos” “Si don César, gracias, no se preocupe, hasta
luego”. Miguel cerró la puerta rápidamente pero sin brusquedad.
Carlos lo tomó de nuevo por la solapa y lo regresó
violentamente a la silla al lado del escritorio. “Resultaste buen actor” dijo Carlos con clara
ironía. “¿Qué harás conmigo?” respondió Miguel muy asustado, el cuerpo le
temblaba y el sudor lo inundaba de pies a cabeza. “No te haré nada por el
momento, te has portado bien, si sigues así solo esperaré unas horas a que la
cosa se calme y luego me iré”.
La noticia le cayó como agua en el desierto al joven
estudiante, al fin veía una posibilidad real de salir de esa situación con
vida, se propuso mantenerse callado y tranquilo por lo que quedara de tiempo en
esa situación. Carlos, por su parte, también comenzaba a ver con alegría que podría salir, si bien no
rico como era el plan original, al menos libre.
Pasaron los minutos lentamente, Miguel y Carlos comenzaron a
ser presa de la tensión y el aburrimiento. Carlos, como matando el tiempo,
comenzó a curiosear por las cosas de Miguel. “¿Qué haces?” exclamó el
estudiante como un regaño abortado. “Cállate
y siéntate” dijo Carlos de modo firme pero sin alzar la voz. Miguel
reasumió su papel de víctima indefensa en el acto.
Carlos llegó al pequeño escritorio de Miguel y comenzó a
revisar los cajones uno por uno. En uno encontró diversos libros, en otro,
aparatos electrónicos en desuso y en el tercero documentos desordenados, Carlos
abrió los ojos exageradamente al descubrir en este último cajón un cheque por 5
mil dólares. “Después de todo no me iré sin nada” dijo con una sonrisa en el
rostro. “¡No!” gritó Miguel olvidando todas las reglas que el mismo se había
impuesto para salir de allí. “¡Eso es todo lo que tengo en el mundo! Es mi
liquidación, hoy me despidieron”. “¿Y… quieres que te abrace?” dijo el ladrón
de modo soberbio. “En este momento eres mi perra, tomaré lo que quiera y si eso
incluye dos dientes tuyos entonces te los sacaré a golpes”. Miguel comprendió
la situación.
Media hora pasó mientras Carlos rebuscaba entre el resto de
cosas de Miguel. Este mientras tanto, con mucho sigilo comenzó a deslizar su
silla hacia el escritorio, no podía permitir que le quitaran ese dinero, no
tenía familia ni en quien apoyarse económicamente, sin ese dinero quedaría en
la calle. El estudiante tenía cierto atisbo de paranoia, por lo cual, bajo la
mesa de su escritorio, guardaba un arma que consiguió como garantía de pago a
cambio de hacer algunos trabajos a compañeros de su facultad.
“Bueno”, dijo Carlos ya casi relajado, “va siendo hora de
irme”. Se dirigió a la ventana para asegurarse que no había policías cerca.
Miguel hábilmente uso ese tiempo para tomar el arma y esconderla en su espalda
a la vez que camuflaba el ruido con estornudos.
“Por favor, te lo ruego, deja mi dinero, juro no decir ni
hacer nada, incluso puedo ayudarte a salir por la puerta del frente, pero no te
lleves mi dinero” rogó Miguel con devoción. Carlos le respondió con tono
soberbio “Agradece que sigues respirando, imbécil”; luego se dirigió a la
puerta.
Justo antes de alcanzar la puerta, Miguel sacó el arma de su
escondite con la intención de amenazar al asaltante. Lamentablemente, Carlos no
lo vio de igual modo y casi automáticamente disparó al asustado Miguel sin
pensarlo, de la misma manera (quizá por el susto o por simple reflejo) el
estudiante disparó al ladrón en el cuello, volándole una generosa cantidad de
carne y generando una abundante pero no fatal hemorragia. Miguel dejó caer su
pesada pistola para sostener su estómago perforado.
“¡Maldita mierda!” dijo Carlos mientras trataba de tapar su
herida con la mano. Apuntó de nuevo a Miguel con la intención de fusilarlo pero
dos cosas cruzaron por su mente. La primera, que ya se habían disparado 2 balas
y seguramente los vecinos o el dueño de la casa estén camino a la habitación;
la segunda, que era más que seguro que alguno de ellos esté llamando en ese momento
a la policía. Tenía que huir de inmediato.
Sin decir palabra alguna bajó el arma, tomó el cheque y
salió de la habitación dando un portazo. Miguel, haciendo un gran y doloroso
esfuerzo, llegó a su cama, se recostó y buscó el celular que se encontraba cargando
en su mesa de noche. Estiró la mano y lo tomó, comenzó a marcar con mucho
esfuerzo.
De pronto, varios tiros se oyen en la casa, seguidos de
gritos. Miguel trata de poner toda su conciencia en marcar el número de su
padre, con quien no hablaba desde que decidió dejar la carrera militar para
dedicarse a la medicina. Los tiros vuelven a escucharse, esta vez más cerca.
Miguel termina de marcar, a la tercera timbrada su puerta se abrió bruscamente.
Carlos, ahora con una fea herida en la pierna además de la del cuello. Cerró la
puerta tras él, se acercó a Miguel y lo encañonó.
“Creo que me quedaré un rato más” dijo Carlos a duras penas
mientras ponía el cañón de su arma en la sien de Miguel, quién en ese momento
olvidó lo que estaba haciendo, lo que estaba pensando, sólo oía ecos lejanos y
soñaba con el día en que decidió huir de su ciudad a vivir solo, a seguir su
sueño. Un momento más tarde notó como la bulla se acrecentó, el cañón en su
sien apuntó a la puerta la cual se abrió bruscamente, todo se tornó a negro
mientras creía oír una lluvia de truenos interminable.

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