23 julio 2014

Relato corto: "Hilo Cortado"


Miguel era un estudiante de medicina, no el mejor, pero tampoco el peor. Estaba en el pequeño cuarto alquilado al cual se mudó hace un mes, leyendo un gordo libro de histología. Mientras, a ocho cuadras al norte, un banco era asaltado por seis ladrones bien armados, los cuales fueron abatidos de sorpresa por la policía, gracias al sacrificio involuntario de una joven cajera que dio la alarma antes de ser descubierta y ejecutada.


Dentro del grupo de ladrones se encontraba Luis Casas, quién eludió a la policía huyendo por una ventana rota mientras sus compañeros trataban de contrarrestar el violento (sangriento) embiste de la policía local, una de las más corruptas y brutales del país.

Luis Casas logró subir a los tejados de los edificios aledaños y emprender su rápida huida. A su vez, Miguel, el estudiante de medicina, decidió tomar un descanso de sus lecturas para fumar un cigarro fuera del cuarto que rentaba a la familia Pérez, una pequeña habitación construida de forma amateur en la azotea de la casa.
Luis, el ladrón prófugo, llegó precisamente al techo de la familia Pérez como parte de su recorrido hacia la libertad temporal. Vio al joven Miguel fumando y a la vez bloqueando su camino. Se acercó a él sigilosamente y lo encañonó en la nuca. Miguel levantó las manos y dio una última pitada inconsciente a su cigarro antes de que este caiga al piso y se vea obligado a botar el humo rápidamente para responder a su agresor.

“¡Dije que te voltees imbécil!” dijo Carlos furibundo, consciente de que las sirenas policiales cantaban cerca y sería imprudente seguir su camino. Miguel logró responder “Tranquilo”.  Carlos lo obligó a entrar al cuarto. Ambos ingresaron en silencio. Carlos hizo que el estudiante se siente en la pequeña silla al lado de su escritorio, mientras él se pegó a la ventana que da a la calle y se puso a escuchar atento las sirenas policiales.
“¡Cállate y quédate quieto!”, dijo el nervioso delincuente mientras apuntaba al rostro de Miguel. El estudiante temblaba de miedo, sus axilas estaban empapadas de sudor, con la voz temblorosa pudo balbucear “¿Qué quieres?... no tengo nada”. Carlos, aún más nervioso, lo mandó a callar con un fuerte bofetón.
Pasaron una hora en la misma situación, Carlos yendo de un lado a otro de la habitación hecho un manojo de nervios y Miguel sollozando mientras luchaba por calmarse y comprender la situación. El cielo se tornó rojo y la calma poco a poco reconquistaba a Carlos a paso de tortuga.

“Creo que se fueron”, dijo el asaltante como conversando consigo mismo. “¿Quiénes?” preguntó Miguel asustado. “Los policías me siguen, si me encuentran no habrá juicio ni nada, me llevarán a un descampado y puff”. “¿Por qué lo harían?”, “Porque vi lo que le hicieron a mis amigos, ni siquiera les importó que se hayan rendido, los ejecutaron a todos como… perros”. Luego surgió un largo silencio.

“¿Me matarás?”, preguntó nervioso Miguel. “No por ahora” respondió Carlos con bastante frialdad. Miguel comenzó a ver a su alrededor buscando una forma de pedir ayuda o zafarse. Carlos, ya calmado, comenzó a hacer lo mismo.

De pronto sonó la puerta. Carlos alzó su arma nervioso, Miguel comenzó a sudar frio y el temblor de su cuerpo regresó con fuerza.  Tocaron de nuevo. “¿Señor Ortega?” Se oyó la voz de un hombre mayor. “Es el dueño” dijo Miguel muy nervioso, Carlos lo alzó de la solapa de su recién planchada camisa y le puso el arma en la boca. “Vas a botarlo… intenta hacer algo y ambos se mueren… ¿entiendes?”, Miguel asintió a duras penas con la cabeza.

Miguel abrió la puerta hasta mostrar solo la mitad de su rostro, la otra mitad ocultaba el cañón del arma presionando fuertemente su sien. “La policía vino hace un rato, quieren saber si vimos algo sospechoso porque robaron el Banco Americano”, “No don César, no he visto nada raro” respondió Miguel con la voz quebrada. “Bueno, igual le advierto, hay que tener cuidado porque uno de los ladrones se escapó por los techos” “Si  don César, gracias, no se preocupe, hasta luego”. Miguel cerró la puerta rápidamente pero sin brusquedad.

Carlos lo tomó de nuevo por la solapa y lo regresó violentamente a la silla al lado del escritorio.  “Resultaste buen actor” dijo Carlos con clara ironía. “¿Qué harás conmigo?” respondió Miguel muy asustado, el cuerpo le temblaba y el sudor lo inundaba de pies a cabeza. “No te haré nada por el momento, te has portado bien, si sigues así solo esperaré unas horas a que la cosa se calme y luego me iré”.

La noticia le cayó como agua en el desierto al joven estudiante, al fin veía una posibilidad real de salir de esa situación con vida, se propuso mantenerse callado y tranquilo por lo que quedara de tiempo en esa situación. Carlos, por su parte, también comenzaba  a ver con alegría que podría salir, si bien no rico como era el plan original, al menos libre.

Pasaron los minutos lentamente, Miguel y Carlos comenzaron a ser presa de la tensión y el aburrimiento. Carlos, como matando el tiempo, comenzó a curiosear por las cosas de Miguel. “¿Qué haces?” exclamó el estudiante como un regaño abortado. “Cállate  y siéntate” dijo Carlos de modo firme pero sin alzar la voz. Miguel reasumió su papel de víctima indefensa en el acto.

Carlos llegó al pequeño escritorio de Miguel y comenzó a revisar los cajones uno por uno. En uno encontró diversos libros, en otro, aparatos electrónicos en desuso y en el tercero documentos desordenados, Carlos abrió los ojos exageradamente al descubrir en este último cajón un cheque por 5 mil dólares. “Después de todo no me iré sin nada” dijo con una sonrisa en el rostro. “¡No!” gritó Miguel olvidando todas las reglas que el mismo se había impuesto para salir de allí. “¡Eso es todo lo que tengo en el mundo! Es mi liquidación, hoy me despidieron”. “¿Y… quieres que te abrace?” dijo el ladrón de modo soberbio. “En este momento eres mi perra, tomaré lo que quiera y si eso incluye dos dientes tuyos entonces te los sacaré a golpes”. Miguel comprendió la situación.

Media hora pasó mientras Carlos rebuscaba entre el resto de cosas de Miguel. Este mientras tanto, con mucho sigilo comenzó a deslizar su silla hacia el escritorio, no podía permitir que le quitaran ese dinero, no tenía familia ni en quien apoyarse económicamente, sin ese dinero quedaría en la calle. El estudiante tenía cierto atisbo de paranoia, por lo cual, bajo la mesa de su escritorio, guardaba un arma que consiguió como garantía de pago a cambio de hacer algunos trabajos a compañeros de su facultad.

“Bueno”, dijo Carlos ya casi relajado, “va siendo hora de irme”. Se dirigió a la ventana para asegurarse que no había policías cerca. Miguel hábilmente uso ese tiempo para tomar el arma y esconderla en su espalda a la vez que camuflaba el ruido con estornudos.

“Por favor, te lo ruego, deja mi dinero, juro no decir ni hacer nada, incluso puedo ayudarte a salir por la puerta del frente, pero no te lleves mi dinero” rogó Miguel con devoción. Carlos le respondió con tono soberbio “Agradece que sigues respirando, imbécil”; luego se dirigió a la puerta.

Justo antes de alcanzar la puerta, Miguel sacó el arma de su escondite con la intención de amenazar al asaltante. Lamentablemente, Carlos no lo vio de igual modo y casi automáticamente disparó al asustado Miguel sin pensarlo, de la misma manera (quizá por el susto o por simple reflejo) el estudiante disparó al ladrón en el cuello, volándole una generosa cantidad de carne y generando una abundante pero no fatal hemorragia. Miguel dejó caer su pesada pistola para sostener su estómago perforado.

“¡Maldita mierda!” dijo Carlos mientras trataba de tapar su herida con la mano. Apuntó de nuevo a Miguel con la intención de fusilarlo pero dos cosas cruzaron por su mente. La primera, que ya se habían disparado 2 balas y seguramente los vecinos o el dueño de la casa estén camino a la habitación; la segunda, que era más que seguro que alguno de ellos esté llamando en ese momento a la policía. Tenía que huir de inmediato.
Sin decir palabra alguna bajó el arma, tomó el cheque y salió de la habitación dando un portazo. Miguel, haciendo un gran y doloroso esfuerzo, llegó a su cama, se recostó y buscó el celular que se encontraba cargando en su mesa de noche. Estiró la mano y lo tomó, comenzó a marcar con mucho esfuerzo.

De pronto, varios tiros se oyen en la casa, seguidos de gritos. Miguel trata de poner toda su conciencia en marcar el número de su padre, con quien no hablaba desde que decidió dejar la carrera militar para dedicarse a la medicina. Los tiros vuelven a escucharse, esta vez más cerca. Miguel termina de marcar, a la tercera timbrada su puerta se abrió bruscamente. Carlos, ahora con una fea herida en la pierna además de la del cuello. Cerró la puerta tras él, se acercó a Miguel y lo encañonó.

“Creo que me quedaré un rato más” dijo Carlos a duras penas mientras ponía el cañón de su arma en la sien de Miguel, quién en ese momento olvidó lo que estaba haciendo, lo que estaba pensando, sólo oía ecos lejanos y soñaba con el día en que decidió huir de su ciudad a vivir solo, a seguir su sueño. Un momento más tarde notó como la bulla se acrecentó, el cañón en su sien apuntó a la puerta la cual se abrió bruscamente, todo se tornó a negro mientras creía oír una lluvia de truenos interminable.

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